Por las ventanas de las casas entraba los chillidos de las
chicharras; la intensa calima; el olor a arena y a agua del mar. No cabía duda,
había llegado el verano.
Y el pueblo, como todos en verano, tenía su actividad
cambiada, ya que es una buena época para descansar, desconectar, reconectar con
el mundo y comenzar nuevos proyectos.
Atrás quedaban unos meses muy intensos, que aun dejaban
huella, cada vez menos, pero que su marca nunca se borrará.
Las puertas del colegio estaban cerradas, aunque sus
ventanas estaban abiertas, para que las clases se aireasen, y los conocimientos
que allí se discutían, siguieran fluyendo.
Los verdes campos, estaban ahora segados, después de recoger
su fructífera cosecha, y a la espera de que las semillas plantadas, volvieran a
brotar en frutos cada vez más provechosos.
La gente hablaba relajadamente entre ellos. Unos deshacían
equipajes, pensando en su siguiente destino, mientras otros guardaban bañadores
en sus mochilas.
Un abuelo le contaba a su nieto una preciosa historia de dos
elefantes que se juntaron, y se separaron, por cuestiones de la vida, mientras
el niño abría el grifo y llenaba un gran vaso de agua, agua limpia, refrescante
y cristalina….
Y a lo lejos se escuchaba una canción….

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