Qué me pasa que me duele, le preguntó el niño
a su madre. Por qué me molesta aún, si hace ya mucho tiempo que me caí….
Porque aún tienes heridas, le contesto la
madre condescendientemente.
Y así era, ya que hay heridas, dependiendo
del origen y la gravedad, que tardan en curarse más que otras.
Están las rozaduras, esas que un resbalón
tonto, o un refregón con alguna esquina impertinente, nos producen dolor intenso pero superficial, y que
con un poquillo de agua y jabón se curan rápido.
Hay otras, que son más graves, más intensas. Esas
que causan las grandes caídas (o grandes pérdidas, si hablamos de heridas del
alma). Esas llevan un proceso más lento. Hay que usar medicamentos, y a veces (casi todas) ayuda de un buen sabi@, que nos evalúe el proceso de cicatrización. Pero
esas también es cuestión de tiempo y paciencia acabar sanándolas.
Y luego están las profundas (crónicas las
llaman). Buff, esas son las jodidas. Esas que aún perduran por debajo de lo
nuevo. Como la tierra seca, estéril, arrasada por la falta de fuente (o por el fuego del dragón vencido), que queda debajo
de los nuevos campos verdes sembrados, y que un día, casi sin darte cuenta, una
mala tormenta hace que vuelvan a aflorar a la superficie. Y que ahí persiste, a
pesar de las medicinas, a pesar de los sabi@s, de la buena energía puesta en
que no vuela a aparecer…. Pero inexorablemente ahí sigue. Y hay que tener mucho
cuidado y buen ánimo para que no nos lleven a la desesperación. Tener la mente
clara y pensar que si ya se superó una vez (o varias veces) se va a volver a
superar.
Y quien sabe, si alguna vez, la buena
energía, un buen sabi@ o un buen medicamento (con prospecto en varios idiomas y
aspecto a trigo) acaba por curarla. ¿Por qué no? Nunca se sabe.